Hay quienes consideran que un milagro es simplemente un hecho inesperado o una sorpresa agradable; para otros, en cambio, un milagro es la creencia de que la Divina Providencia ha intervenido sobrenaturalmente en sus vidas. La gente puede estar en desacuerdo sobre si algunos hechos en sus vidas son realmente milagrosos o pueden explicarse de manera natural. Algunos ven los milagros como una verdadera afirmación de la Presencia Divina en sus vidas; una persona más escéptica podría pensar en el milagro como una esperanza poco realista.
Si estamos de acuerdo que un milagro es un suceso benéfico, extraordinario y maravilloso, que no puede ser explicado por las leyes de la naturaleza, entonces debemos preguntarnos: ¿Qué es un hecho natural? ¿Por qué no habría de ser considerado un milagro cualquier hecho natural que nos asombra y nos exalta?
La diferencia entre un milagro y un acto de la naturaleza es sólo la frecuencia. Supongamos que el Sol saliera una sola vez en nuestra vida. Todos correrían a verlo, proclamándolo el hecho más milagroso. Pero como experimentamos la salida del Sol todos los días, lo vemos apenas como otra parte corriente de nuestras vidas.
Hay un rasgo inherentemente humano: nos acostumbramos tanto a algo que, no importa lo extraordinario que pueda ser, lo damos por sentado. Constantemente necesitamos una nueva corriente de excitación que despierte nuestros sentidos. Alguien dirá: “Si yo viera un milagro, entonces creería, entonces cambiaría toda mi vida.” ¿Qué estamos esperando? ¿Qué se abran las aguas del mar? Los milagros están pasando alrededor nuestro a cada momento. ¡Nuestra misma existencia es el mayor milagro! ¿Por qué entonces olvidamos con tanta facilidad que cada persona en la Tierra es producto de un milagro?
Estamos tan distraídos en la supervivencia diaria, en nuestras responsabilidades y obligaciones, que tendemos a ignorar los milagros que nos rodean. El ruido mismo de la vida ahoga el sonido de lo que debería ser más real para nosotros. No es que no creamos en los milagros; simplemente dejamos de tener tiempo para admirarlos. Ver un milagro significa apreciar lo no común dentro de lo común, lo extraordinario dentro de lo corriente.
Basta con contemplar el asombroso diseño y equilibrio dentro de cualquier familia del reino animal, vegetal y mineral, o la impresionante belleza del cuerpo humano, o la magnífica elegancia del sistema solar. En el panal de una abeja, vemos la eficiencia pura; en el movimiento de las mareas, vemos la naturaleza cíclica del tiempo; en las raíces de un árbol, vemos el instinto de nutrición. El milagro divino de la naturaleza no debe buscarse en sus hechos más raros, sino en su inquebrantable regularidad. Mientras que cada creación del hombre es efímera, cada parte de la naturaleza es ilimitada, permanente, e inexplicable: en una palabra, milagrosa.
Observemos la computadora que puede procesar enormes cantidades de información en forma veloz y precisa, o el corazón artificial con el que el cirujano puede salvar una vida: ¿Habría la sombra de una duda, en nuestra mente, de que son milagros? Y sin embargo no fueron producidos por ninguna intervención sobrenatural, sino por la mano del hombre, usando habilidades y herramientas únicas para operar dentro de las leyes de la naturaleza.
Si contemplamos con honestidad nuestra vida, reconoceremos la Providencia Divina en todas nuestras actividades diarias, en los éxitos que hemos logrado, cuando realizamos un viaje, cuando se nos presenta una nueva oportunidad de negocios... Cada momento contiene la posibilidad, el potencial de un milagro; es cosa de nosotros mantenernos receptivos, revelar lo sublime dentro de lo cotidiano.
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